
La Educación
(Un tesoro para el que la tiene y un placer para los que conviven con él)
La Educación es verdaderamente un bien imprescindible y por lo tanto, una herramienta valiosísima para facilitar nuestra convivencia y nuestro trato con los demás, pues no olvidemos que el Ser Humano es por naturaleza un Ser Social. Y aunque los modos y las costumbres varían de una época a otra, siempre, siempre, la educación nos es necesaria para que nuestro vivir cotidiano sea tranquilo y lo hagamos en paz.
La palabra educación deriva del latín “e-ducere” que bien interpretado significa: “ir conduciendo de un lugar a otro”. Y nosotros, modernamente, la entendemos como el esfuerzo que perennemente debemos realizar sobre nosotros mismos y sobre los demás, para conseguir una realización satisfactoria y culta de todos los hombres como unos Seres Humanos “completos”. La educación es pues: conseguir activamente con el esfuerzo y el trabajo este “perfeccionamiento” humano, de acuerdo con las facultades, las capacidades y las circunstancias de cada uno.
Educar es pues un trabajo arduo y cansado, que debemos realizar durante todas las horas de todos los días y a lo largo de toda nuestra vida; y cuyo fruto lo iremos apreciando y nos lo harán saber los demás: no como un cúmulo de manifestaciones externas, sino como una fuente perenne de saber estar que emana de nosotros de una forma constante y natural, y que sólo es el reflejo de las valiosas cualidades inherentes que poseemos y del alto concepto que tenemos sobre la dignidad de nuestros semejantes, valores ambos que hemos ido adquiriendo con la educación.
Así puedo resumir que educar no es por tanto enseñar cortesía o urbanidad, o instruir solamente, sino que es formar, concienciar y responsabilizar, para lograr aquello que en su día dijera D. Francisco Giner de los Ríos: “Educar es dirigir con sentido la propia vida”, y cumplir con lo establecido en el artículo primero de la Constitución de la UNESCO: “…que el resultado del proceso educativo deben ser personas libres y responsables”.
Y escrito todo ésto a modo de prolegómeno ideológico de lo que debe ser la educación en nuestros tiempos, paso a mencionar algunos detalles, solamente algunos, que he observado en nuestra convivencia familiar cotidiana que deberíamos todos corregir, y digo todos, sin salvar a nadie de esta nota de atención general:
Es sabido que en nuestras vidas todos tenemos momentos de alegría y de dolor, de dicha y de pena, y que todos sentimos la necesidad de expresar nuestros sentimientos, pero no debemos permitirnos expresarlos sistemática y machaconamente en todos nuestros encuentros, siempre que nos reunimos, y siempre los mismos gozos y los mismos pesares… y a veces manifestados de forma poco elegante y encima en momentos inoportunos.
Cuando según nuestro criterio no podemos alabar a ciertas personas presentes o ausentes, bien porque sus valores no son los nuestros o bien, porque realmente nos son gentes desconocidas, es preferible que nos callemos.
A menudo y más frecuente de lo que pensamos, lo que nos parece urgente puede esperar perfectamente.
Debemos tener presente que: saber conversar es todo un arte.
Para poder mantener una conversación, no sólo se requiere saber hablar, sino también saber escuchar con atención y no únicamente oír lo que se dice.
La persona inteligente escucha atentamente, no pierde detalle y luego valora y saca sus conclusiones manifestándolas posteriormente dentro de la misma conversación, o manteniéndolas en silencio y callando.
La persona que interrumpe a menudo una conversación introduciendo en ella otro tema diferente al que se está tratando y por tanto cortándola, es un malísimo conversador.
Los grandes defectos de conversación que frecuentemente cometemos como si nada hubiésemos hecho realmente, suelen ser: interrumpir a una persona cuando ella está hablando, querer hablar varios a la vez, levantar la voz sino es gritar para hacerse oír, no saber seguir la conversación, separarse de ella y entablar aparte otra diferente y paralela.
Y si una persona es una autoridad en determinada materia, si surge el momento de hablar de ese tema, debe saber expresarse con sencillez para ser bien comprendido por los demás, y evitando siempre acabar como un estúpido pedante.
Sabemos que la discreción es una cualidad tan valiosa que no tiene precio, pero también lo es: el saber pasar o ponerse en un segundo plano cuando la ocasión lo aconseja, huyendo de un protagonismo inoportuno que restaría gloria al verdadero protagonista de ese momento.
La amistad hay que cultivarla continuamente para mantenerla, enriquecerla y no perderla con una continua e incesante petición de favores o llevándola a situaciones evidentemente molestas.
Debemos recordar que la puntualidad es una norma elemental de cortesía que debemos siempre cumplir, porque hacer esperar a otras personas es una desconsideración total hacia ellas, al robarlas un tiempo que quizás sea muy precioso para las mismas.
En el vestir existen tres aspectos: el práctico, el estético y el simbólico, a través de los cuales manifestamos nuestra personalidad y reflejamos el ambiente en que vivimos. Estamos de acuerdo con lo mencionado, no se puede refutar, pero cuando somos invitados y aceptamos la invitación debemos presentarnos al encuentro ataviados a tono con el deseo de la persona que nos ha invitado.
Y cuando una visita se nos presente inesperadamente o en un momento no muy oportuno, nunca, nunca, la debemos dejarla en el portal y cerrar la puerta con un conciso y tajante: estoy muy ocupada.
Debemos despedir a nuestros invitados acompañándoles hasta la puerta cuando se marchan, pues en nuestras relaciones son tan importantes las despedidas como los recibimientos.
Y anunciada e iniciada la despedida por parte de todos o de algunos de los presentes, el mantener la conversación entre varios en la misma puerta del domicilio durante el adiós, vestidos ya todos para estar en la calle, tras haber estado bastantes horas juntas: es una auténtica falta de atención y consideración con los demás.
Debemos respetar el tiempo ajeno como una muestra esencial de educación.
El teléfono es un invento muy útil, práctico y necesario… pero en lo referente al trato social normal con los demás, habitualmente le damos muy mal uso. Las llamadas por teléfono han ser oportunas, convenientes, breves y siempre sin molestar al que llamamos; sin olvidarnos nunca que todo aquello que podamos tratar personalmente, no lo debemos hacer por teléfono.
Debemos tener presente que el teléfono puede convertirse en un auténtico intruso para la intimidad ajena, irrumpiendo en los momentos más inoportunos para la persona a quien llamamos; por eso: debemos tener siempre presente el tipo de vida y las costumbres de la persona a quien llamamos, así como en general el horario en que lo hacemos.
Hemos de pensar lo feo que resulta hablar por teléfono mientras andamos, mientras estamos ajetreando con algo, cuando lo hacemos desde un lugar público… el jadeo de la respiración como consecuencia del ejercicio, los ruidos de los cacharros de la cocina o de la sartén, el estruendo sonoro de fondo de los bares… no son bien apreciados por el que los escucha.
Una vez que descolgamos el teléfono, no debemos dejar esperando a la persona que nos llama, antes de atenderla.
El buen sentido nos aconseja desconectar el teléfono móvil cuando estamos con otra persona, para cultivar nuestra amistad, cuidar su estima, respetar su persona y no hacerle testigo de nuestras conversaciones privadas y sobretodo: por respeto a la atención que debemos prestar a nuestra situación de estar con él y su agradable compañía.
Durante las reuniones, o simplemente cuando estamos conversando con una u otras personas, no debemos dejarlas colgadas y en silencio por atender menesterosamente a una llamada. Siempre resulta horroroso dejar plantada a una persona con la que estábamos dialogando tranquilamente, sea muy íntima o no, por atender la llamada del teléfono.
Y cuando hablamos por teléfono, es humillante para la persona con la que hablamos dejarla cortada, aunque sólo sea un instante, por que estamos recibiendo otra llamada cruzada y queremos saber de quien se trata.
Y en la mesa durante las comidas… allí si que son múltiples nuestras faltas de buena convivencia. Por solamente mencionar algunas de las más frecuentes comentaré que: cuando se dice que nos sentemos, debemos sentarnos en torno a la mesa y no seguir con los corrillos en amigable charla. Y una vez sentados no comenzar a comer, sean niños, adultos o mayores, hasta que todos se encuentren servidos y la anfitriona inicie la comida. Y cuando se ponen las fuentes o las bandejas no debemos elegir el mejor trozo, el cuscurro del pan, el detalle de determinada guarnición… o manosear las piezas de fruta antes de escoger la nuestra… Y en este apartado no debo dejar de mencionar que: la sobremesa es tan importante como la propia comida y por ello hay que cuidarla con el mismo mimo con el que hemos preparado la reunión.
Y desgraciadamente así podríamos continuar y continuar… pero por hoy ya basta, que luego van diciendo los bien intencionados que el “abuelo” ya está “gagá”, pues “carca” lo está desde hace mucho tiempo.
Un beso para todos los auténticos rebotiqueros que escriben en nuestra Rebotica Virtual, y a los demás… bueno… un saludo.
“magalijubi”